61 Raquel Varela Novales (1912-1992)
Mi madre nació el 16 de agosto de 1912.
En las varias etapas de su vida fue, sucesivamente, diversas personas.
Odontologa exitosa 1936-42
Memoria de grado: Contribución al estudio de las paradentosis forma seca de cruet. 1935.
De la primera generación de mujeres dentistas, puso consultorio en Valparaiso.
Pasó desde la humilde pobreza de su familia española avecindada en el cerro Los Placeres
a mujer adinerada que volcó sus postergaciones en su hermana Consuelo.
Entonces Consuelo, la menor, viajó y disfrutó de lo que sus hermanas nunca pudieron
hacer.
Raquel compró un Ford último modelo y se volcó aparatosamente en el camino desde
Santiago a Valparaíso. Aunque no resultó herida, decidió nunca mas manejar y así lo hizo.
En esos días de éxito comercial le apareció un gran quiste probablemente en los ovarios,
lo que la hacía parecer soltera embarazada, a ella, siempre preocupada del “qué dirán”
En esos días empezó a salir con Tuco, como llamaban a mi padre, Antonio García
Redondo. Ella valoró mucho que él le creyera que lo suyo era un quiste.
Ambos de origen humilde y ya muy ricos, se casaron y volaron de luna de miel a Rio de
Janeiro.
Greta Garbo 1942-55
Bella, esbelta, rica y elegante comenzó a sentirse la Greta Garbo que veía en el cine.
Debía comportarse como los ricos de las películas.
Dejó de ejercer la odontología
Criticaba la falta de compostura de Tuco que gustaba de gatear con sus hijos en el lomo y
de cocinar comidas sabrosas y poco refinadas, vestido de mecánico y no de chef.
Ella siempre en su casa, muy compuesta. Recibía grupos de amigas elegantes, estridentes
y perfumadas que tomaban té y jugaban canasta.
Mis pesadillas eran que sus amigas, grandes, enjoyadas, pintarrajeadas y con grandes
tetas me perseguían por los pasillos de nuestra casa, queriendo abrazarme y dejarme
apestando a perfume.
El, lleno de vida y disculpas, pasaba muchas noches fuera, nominalmente en Santiago o en
Talca. Hasta que llegó el día en que todo el mundo supo que estaba viviendo en Calle
Quillota con 3 norte con otra mujer que si bien no era una Greta Garbo era alta, algo
morena, cálida, muy sexy.
Madre amantísima
Durante 2 a 4 veranos consecutivos Tuco nos dejó, a Raquel y sus 3 hijos, en las Termas
del Flaco, enclave cordillera adentro, a 100 kilómetros de la ciudad de San Fernando.
Pasábamos allá enero y febrero.
Así Tuco se libraba de Raquel y la dejaba aislada del mundo: sin teléfono, sin internet, a
veces una carta que llegaba en el bus de la empresa operadora de las Termas.
Tuco nos llevaba a gran velocidad en su Oldsmobile 88 por el serpenteante camino de
tierra que bordeaba precipicios sobre el río Tinguiririca.
Tuco no solo se tomaba el trabajo de dejarnos allá. Se aseguraba de ello.
El viaje comenzaba temprano en Viña del Mar. Entonces se pasaban las cuestas de Zapata
y de Barriga, para llegar a Santiago en algo menos de 2 horas. De ahí, un par de horas a
San Fernando y otras dos hasta las Termas.
Hoy, año 2021, a diferencia de entonces, hay horario de subida y de bajada en el camino
desde San Fernando a las Termas y la duración del viaje se estima en mas de 4 horas, de
modo que las 2 que demoraba Tuco 50 años atrás en la estrechísima ultra sinuosa angosta
vía de ida y regreso con frecuentes choques de frente son muy meritorias y de erizar los
cabellos.
¿Qué pensaba Raquel esas horas al lado de ese energúmeno que manejaba por los
acantilados para dejarla prisionera a cargo de sus hijos y de su terrible soledad?
Ella nunca nos comentó sus pensamientos ni nos habló mal del sujeto que la apartaba de
la sociedad.
Se divorciaron. El le dejó una mansión en 8 Norte con 3 Oriente (esquina SW), con una
hipoteca por pagar. El no se llevó nada. Pero un día volvió para llevarse dos bidones de 5
litros de esencia de aceite de oliva, indispensables para sus negocios de falsificación del
producto.
Ella no lo permitió. Sabía que podrían venderse bien y contribuir al pago de una hipoteca
enorme y amenazadora.
Se enfrentaron.
Ella alegó que él la golpeó.
No recuerdo huellas ni evidencias de esos golpes que bien pudieron ser.
Todos los domingos visitábamos a su madre en el cerro Los Placeres en un segundo piso
frente a la plaza. Se accedía por calle Merced.
La puerta daba acceso a una escalera de madera interminablemente larga que daba a una
pequeña terraza con una amplia vista a la bahía de Valparaíso y el mar.
A la izquierda, comedor de diario y largo pasillo hasta un balcón que daba a la plaza. A la
derecha baño y pasillo hacia la cocina.
Al caminar el corredor a la izquierda dormitorio de Rene y Lucho y mas adentro dormitorio
de Koke. A la derecha dormitorio de abuela y tía Fe. Mas adelante, a la derecha salón con
piano. A la izquierda amplio comedor.
Cuando abuela murió seguimos yendo todos los domingos, en “micro” (autobús urbano
que se detiene a tomar/dejar pasajeros cada dos o tres cuadras), a la que fuera la casa de
nuestra abuela y de la hermana de Raquel, María Fe, viuda de Quirós, madre de tres
muchachos todos pocos años mayores que los tres hijos que éramos de Raquel.
El viaje era siempre igual: una micro que tomábamos en Viña en la esquina de las calles 8
norte y Quillota. Nos bajábamos en Portales donde había que atravesar dos canales de
ida, pararse en la línea blanca que separaba los canales de ida y regreso, esperar ahí todos
de la mano haciendo equilibrio entre los automóviles y buses que pasaban raudos hasta
que se podía atravesar los otros dos canales y llegar al paradero donde esperábamos el
bus Los Placeres que habitualmente pasaba llenísimo y subía una primera recta, rugiendo
desesperadamente, y luego una segunda recta a mano izquierda que superaba tras larga y
estruendosa lucha.
En adelante se detenía cada dos cuadras hasta llegar a la subida que llevaba hasta la plaza,
otra larga subida, mucho mas amplia pero igualmente exigente para esas viejísimas
“micros”, que así se llamaba a esos buses añejos y mal mantenidos.
A mitad de esta subida, a mano izquierda, la iglesia de los Placeres, entonces todo un hito
urbano.
El cerro llegaba hasta la plaza. De ahí hacia arriba las casas comenzaban a ralear y a los
lejos, perdida tras un largo camino de tierra estaba “la cruz” que hoy queda a medio subir
el cerro Los Placeres.
Durante esta etapa Raquel sufrió un grave percance: espontáneamente se le quebró el
cuello del fémur.
La operó el doctor Olimpo Molina. Quedó perfecta.
Enyesada desde los senos al tobillo izquierdo y hasta poco bajo la cadera al lado derecho,
en las noches se levantaba a caminar. En las mañanas la encontrábamos tirada en el
pasillo. Entre sus tres hijos la levantábamos para llevarla a rastras hasta su cama, incapaz
de levantarse.
Así, una noche tras otra.
Cuando le recortaron un poco el yeso, caminaba una cuadra hasta la calle Quillota para ir
en micro a su trabajo de dentista en el “Hospital de Viña”.
Apenas llegaba al hospital, la metían en una ambulancia y la llevaban de vuelta a su casa.
Al día siguiente hacia lo mismo.
Tenia terror de quedar coja. Entre el excelente trabajo que hizo el doctor Olimpo Molina y
sus incansables prácticas ante el espejo Raquel quedó caminando sin que se notara que
alguna vez sufrió una quebradura de cadera: no cojeaba en absoluto.
Greta Garbo no podría haber cojeado.
Su dureza para consigo misma era la misma que tenía para con sus hijos.
Una tarde, a los doce años, mientras corría por un techo del estacionamiento de la casa de
don Beltrán Urenda Zegers tropecé y caí hasta reventarme el pene contra el borde de una
mesa. Caminando adolorido llegué a casa. No buscaba refugio, solo quería evaluar la
situación y cambiarme ropa para seguir aventurando.
Con los pantalones bañados en sangre desde la cintura hasta cada tobillo me encontré
frente a ella. Para manejar la tensión que el espectáculo le produjo me cayó
meticulosamente a golpes. Una vez calmada se detuvo a averiguar que había pasado y
atendió la situación.
Cuando yo tenía 13 años, harto de sus presiones, le propuse que definiera qué esperaba
de mí a cambio de no darme mas órdenes.
Ella fijó cierto nivel de calificaciones en el colegio, las que cumplí a cabalidad excepto en
comportamiento.
Mujer de palabra, nunca mas me reclamó nada hasta una noche, al día siguiente al de la
muerte de su hermano Ramón, cuando yo en el sótano de casa ensayaba al piano la
marcha fúnebre de Chopin.
Apareció en el sótano, alta, delgada, distinguida, con su blanca ropa de dormir y me dijo
“Te pediré un solo favor: no toques eso”.
Nunca le gustó mi afición por el piano. Decía que los pianistas terminan homosexuales.
En esos dias se popularizó algo una canción que decía
Martin tenia un violín
Pero nuca lo tocaba
Pues amaba a Raquel
Y ella de él se burlaba.
Raquel, que era mujer cruel
Se burlaba y se burlaba
Pobrecito Martin
y su música amada.
Entoces yo le cantaba, para su disgusto:
“Raquel, que era mujer cruel…”
Poco a poco fue pagando la hipoteca de la casa con su sueldo de dentista del Servicio
Nacional de Salud, trabajando en el Hospital de Viña y después en el Liceo de Niñas, en Av.
Brasil, en Valparaíso.
Imagino lo desesperada que vivió mientras tuvo esa deuda.
No me cuesta imaginarlo porque hoy, a los 80 años, trabajo 6 días a la semana, cuando no,
siete, sin ahorros ni previsión, para ganar un sueldo que me permite mantener a Irisnorth
y Ricardo, pagar el arriendo, comer bien, moverme en carro los dias de diálisis y no
ahorrar un centavo.
Así, e incluso pidiendo préstamos al banco Estado, vivo con la preocupación de solo de
tener financiados los próximos dos o tres meses y nada mas.
Raquel, para cuadrar el presupuesto familiar, todos los veranos entregaba en arriendo,
por los meses de enero y febrero y a veces hasta mitad de marzo, la mansión de 8 norte.
Entonces no íbamos a vivir a alguna pequeña casita en Viña del Mar o en San Francisco de
Limache.
La mansión quedaba en 8 Norte esquina 3 Oriente, población Vergara, Viña del Mar.
Su entrada principal era por 8 Norte. Tenia una entrada secundaria por 3 oriente casi en el
lindero con la casa vecina. Las mansiones tenían entonces una entrada lateral para que
por ella transitara el personal de servicio.
Hacia el sur la calle 3 Oriente termina en la calle 7 Norte y entonces, a una cuadra de
nuestra casa.
En la acera sur de 7 norte, a la altura de 3 Oriente, había una serie de modestas casas
pareadas donde vivían el Mota, los Berchae y otros jóvenes con quienes jugábamos fútbol
y quienes habitualmente estaban interesados en formar parte de nuestra pandilla.
Nuestra madre no veía con buenos ojos que nos juntáramos con ellos porque a su
entender eran de otra clase social.
Cuando yo tenía 10 años, plena época en que no nos dejaban juntarnos con sus hijos, el
papá de los Berchae tenía una pequeña y vieja “liebre”, como llamaban en Chile a un
microbús de tamaño pequeño, talvez para 10 pasajeros, en el que prestaba servicios de
transporte público.
A medida que iban pasando los años el pequeño bus de Berchae se convirtió en un bus
bastante grande y éste en dos o tres buses ya francamente pretenciosos y así Berchae se
fue convirtiendo en un gran empresario, dueño de una gran flota de buses y de una gran
estación de servicios, o gasolinera, muy bien ubicada en la ciudad.
En el verano de mis 16 años mi madre tomó en alquiler una modestísima casa en la calle
14 norte, esto es a no mas de 10 cuadras de donde estaba nuestra mansión, la que dio en
alquiler por todo el verano para con esos ingresos poder financiar el año.
Uno de esos días de verano en que yo caminaba a casa desde la playa Las Salinas pasó en
su automóvil último modelo el señor Berchae. Se detuvo y me llevó hasta nuestra casita
en 14 Norte.
Le comenté que planeábamos ir al estadio Sausalito a ver un concurso internacional de
equitación.
Berchae dijo que él también iría. Ofreció llevarnos.
Me pareció una maravillosa oportunidad para que mi querida madre aprendiera una de
las muchas lecciones que la vida le propinó.
Pocas horas después, para sorpresa de ella, llegó a buscarnos a nuestra modesta casa en
14 Norte un señor bajito y amable en su magnífico vehículo.
Nos fuimos con él a disfrutar del concurso ecuestre.
En el camino hacia el nuestro destino le pregunté a mi madre si se acordaba de los
Berchae, esos muchachitos con quienes nos tenia prohibido juntarnos y que vivían en tres
Oriente con siete Norte a los pies de nuestra mansión.
Por supuesto ella se acordaba perfectamente.
Entonces le dije: Bueno… él es el señor Berchae, el que tenía una pequeña liebre y hoy es
un gran empresario y una muy bella y modesta persona.
Pasados los primeros minutos de cierta incomodidad de mi madre, ella y Berchae hicieron
buenas migas. Disfrutamos inmensamente ese día de concurso ecuestre terminado el cual
Berchae nos llevó hasta nuestra vivienda de verano.
Soledad en apartamentos en Viña 1962-74
En 1962, aprovechando que me fui a vivir a Santiago, con lo que quedaba sola con Sergio,
su tercer hijo, entregó en arriendo la casa de 8 Norte y se fue a vivir a Av. Libertad, entre 5
y 6 norte, acera Oeste, en un departamento de dos dormitorios.
Entre las muchas reducciones que hizo estuvo la venta de los dos pianos que yo tenía en el
sótano de la mansión y en los que disfruté varios años a veces durante muchas horas al
día. Me enteré de ello a mi regreso de vacaciones de invierno.
Aquí ella pasó el terremoto del 28 marzo 1965, un mediodía.
El 70 se casó y emigró a Argentina su hijo Sergio.
Poco después, se trasladó a un segundo departamento, ahora en 1 Oriente entre Uno y
Dos Norte, acera Este
Hasta ahí llegó desde USA mi hermana Raquel, recién divorciada, con su hija Raquel, a
quien bauticé Kika por los ruidos que hacia con la boca mientras gateaba: Ki…ka…ki…ka
Vivimos juntos algos meses hasta que Raquel regresó a USA, sola.
Poco después pidió que le llevaran a Kika, quien no la reconoció cuando se la entregaron
en San Francisco.
Cuando llegó Kelly nuestra madre compró una “Citroneta” nueva.
Apenas Kelly se fue, me quedé con la Citroneta puesto que mi madre no manejaba.
Así era de generosa la “señora Raquel”
A fines de 1972, en plena falta de esperanzas durante el maldito gobierno de Allende,
vendió por usd 10.000 la mansión de 8 norte, la que pocos años después fue vendida por
usd 500.000
Años después se trasladó a otro departamento, ahora en un cuarto piso, en calle Alcalde
Prieto Nieto detrás de la Quinta Vergara.
Ahí pasamos el terremoto del 8 de Julio de 1971.
Fue alrededor de las 11 de la noche. Con ella en brazos, semi desvanecida, tuve que
perseguir la estufa a gas que saltaba por toda la sala, hasta lograr apagarla.
Después de sacarla por un largo puente hasta el cuerpo de ascensores del edificio, como
el sismo la había pillado en pijamas tuve que caminar varias veces el puente y llegar hasta
su dormitorio, al fondo del departamento, a oscuras, esquivando cuadros caídos y
muebles desplazados, hasta tantear en el ropero las prendas de vestir que quería ponerse.
Se vistió frente a los ascensores.
Bajamos a oscuras por las escaleras y caminamos hasta casa de su hermana Consuelo, a
treinta cuadras de ahí, para saber cómo se encontraba después del terremoto.
Nos fuimos por calle Alvarez hasta la Estacion de Viña, luego por la Plaza de Viña y
Avenida Libertad, hasta 15 Norte y de ahí hacia Quillota hasta los apartamentos donde
vivía Consuelo.
Era la típica noche de terremoto y réplicas: todos nos saludábamos y se conversaba entre
desconocidos, algo muy ajeno a la idiosincracia del chileno, país donde nadie saluda y
todos se mantienen encerrados en su pequeño mundo.
Poco después vino otro terremoto: le hice saber que me casaría con Lilianete Esquivel, hija
de don Enrique, famoso abogado y sinvergüenza casado con una juez muy conocida en
Viña, y de su esposa en bigamia, la hermosa, generosa y muy sensual Juana Utrera, veinte
años menor que él.
No solo que me casaba con una mujer que a sus ojos era una “hija natural”. También pasó
que vinieron de Argentina, Adriana, hermana de la esposa de mi hermano Sergio, hermosa
jovencita a quien yo había propuesto matrimonio por carta, propuesta que ella había
aceptado mediante una carta que se extravió y de la cual tuvimos noticia días después,
durante los alegatos en que ella pretendía demostrar su derecho a casarse conmigo.
Adriana había viajado desde Argentina acompañada de su padre, don Pepe. Ella a casarse
conmigo y don Pepe a impedirlo. Mi madre, partidaria de Adriana, tuvo la delicadeza de
no participar en las discusiones de las que era testigo.
Durante estos años regaló a cada nieto una suma de dinero de cierta importancia
Etapa final 1990-1992
Tuve oportunidad de visitarla en mis viajes desde Venezuela.
La recogía en el asilo de ancianos donde vivía. Caminábamos largamente.
Tuve la suerte de haber alcanzado a disfrutarla, acompañarla y llenarla de joyitas que
podía comprarle.
Una noche en que me encontraba recién empezando a disfrutar de Irisnorth, quien sería
el gran amor de mi vida llena de amores, me llamó Graciela la muy injustamente
traicionada, para informarme que Raquel había fallecido.
Viajé de inmediato a Santiago a su funeral.
No quise que mis hermanos me devolvieran alguno de los regalos que le había hecho.
Ninguno de sus bienes fue para mi.
Solo quise quedarme con el maravilloso recuerdo de esa admirable muy generosa sencilla
mesurada elegante persona.
Murió el 17 de Octubre de 1992
Estaba con su hermana Consuelo en el asilo de ancianos donde vivía, asustada porque
dentro de pocos días empezaría a dializarse.
De pronto le dice a Consuelo que tiene un intenso dolor de muelas.
Se trataba de un derrame cerebral masivo del cual murió instantáneamente.